Juan Carlos Ortega Prado

Bitácora sobre periodismo, política y, la verdad, lo que se me ocurra.

Name:
Location: Morelia, Michoacán, Mexico

Monday, August 28, 2006

VÍA ORAL: Palabras venenosas

Seguramente moriré pronto pero, eso sí, muy feliz. Me fascina el tabaco (el oscuro cubano es una excelsitud), el café (cuando gusten, en mi casa -que es la suya- hay chiapaneco, veracruzano y oaxaqueño), los desvelos y el buen mezcal.
Con este modo de vida, ya se ve, no viviré largos años pero siempre traeré una sonrisa en la boca.
O casi siempre. Permitan que me confiese ante ustedes: sufro enormemente cuando abro la cajetilla de cigarros. No es la certidumbre del enfisema que se avecina, no es el terror del cáncer que convoco, no… son los terribles mensajes admonitorios que en ella vienen impresos.
Y es que, en efecto, dan terror. No por el mensaje que pretenden trasmitir (lo que intentan decir todos los sabemos) sino por la horrorosa redacción en que están cifrados.
“FUMAR DURANTE EL EMBARAZO, AUMENTA EL RIESGO DE CANCER PREMATURO Y DE BAJO PESO EN EL RECIEN NACIDO”. Esto lo dicen por un lado de la caja, y en verdad llama a asombro que en una sola oración (algún purista diría que son dos oraciones, en realidad) se encuentren tantas inexactitudes.
En primer lugar las mayúsculas. La Real Academia (en su maravilloso Diccionario Panhispánico de Dudas) acepta que se pueden usar en frases enteras, siempre y cuando sean parte de un texto y, en este caso, no hay más texto que el de la frase. En segundo lugar, los acentos. Si no era suficiente concesión el uso indiscriminado del traje de gala de las letras, resulta ahora que los redactores también se permitieron olvidar la tilde de “recién” y de “cáncer”. Pero no se preocupe, ya que estamos hablando de esa enfermedad, el textito nos aclara que el tabaco no aumenta el riesgo de cáncer, sino de cáncer prematuro, lo que nos hace concluir que hay un tipo de cáncer que llega justo a tiempo, lo que, honestamente, se me hace una magna estupidez.
En último lugar hay ahí una coma asesina, literalmente. Un ajolote que me hace dudar de la integridad (ja, ja) de los tabacaleros. Según me enseñaron en primaria, secundaria y demás entidades educativas nunca debe ir una coma entre el sujeto y el predicado. No hay razón para que exista. Se me hace una recomendación pertinente que ayuda a la claridad y la fluidez. Sin embargo, los genios que escribieron esta advertencia (para mayor dolor de mi alma déjenme informarles que este texto fue consensuado entre las autoridades sanitarias y los empresarios) o cometieron un error o deliberadamente decidieron hacer una separación entre ambas frases. Con el negro historial de las empresas cigarreras no se me hace difícil creer que hubieran dejado pasar este fallo. Suelo ser un malpensado y un entusiasta partidario de la teoría del compló, así que creo que esos redactores malvados pusieron esa coma para que la primera frase: “Fumar durante el embarazo” se leyera como una orden… aunque los muchachos del barrio me llamen loco.
Pero ¡oh dolor! hay otra amable frase en un flanco de la cajetilla, reza: “ACTUALMENTE NO EXISTE UN CIGARRO QUE REDUZCA LOS RIESGOS A LA SALUD”. Más allá de las mayúsculas, a las que ya me resigné, este letrero nunca dice que todos los cigarros son igual de dañinos, que no hay uno menos insano que otro, mensaje que sería el útil para el consumidor. Tal como está la redacción lo único que se nos informa es que ningún cigarro es curativo. Y especificar que “actualmente no existe” es dejar abierta la posibilidad a que un día exista… sigamos fumando, entonces, quién quita y un día nos toca la suerte de fumar uno que sea la panacea.
Así que ya se ve, los errores ortográficos son más que un descuido en la escritura, son también un descuido intelectual y una perversidad (deliciosamente adictiva), en algunos casos.

Sunday, August 27, 2006

VÍA ORAL: Canonicemos a las putas (palabras)

En la sencillez está la elegancia y, en asuntos idiomáticos, la sencillez reside en la claridad. Todo es muy simple, como se ve, por eso llama la atención que los puristas hayan triunfado durante años y su intención censuradora haya logrado ocultar las groserías de textos muy reconocidos y respetables.
Suelo creer que una maldición, bien dicha y proferida en el momento justo, suele ser mucho más significativa que una carta evangélica o una disquisición filosófico-médica sobre el hombre, el dolor y el infortunio de haberse golpeado el dedo chiquito con la pata de la cama.
Hay matices expresivos que sólo pueden existir en una mentada de madre, un insulto rabioso o un susurro pletórico de rencor. Palabras que purifican, volcánicas y ácidas; que rompen el tabú de la cortesía y que en nuestra sociedad, moralina y persignada, pegan con tubo en conciencias asustadizas.
Y he dicho matices, es decir, la verdadera fuerza de una maldición, su poder exorcista, reside en explotar y reacomodar las palabras que rodean al insulto y redimensionar su significado. Otra potencia del malhablar estriba en su profunda democracia. Si el lenguaje ya es, de suyo, un acuerdo comunal, democrático a más no poder, las palabras soeces son accesibles a todos, nadie estudió para conocerlas, se sienten igual de cómodas en la boca de doctores que de niños.
Pero las más enormes virtudes, ya se sabe, suelen existir junto a una contraparte negativa. De ser tan usadas y socorridas, las groserías van desgastando su efecto y llegan a significar tantas cosas que empobrecen el vocabulario del hablante. Esto no sería ningún problema, tal vez, pero la cuestión es que alguien con pocas palabras para nombrar su mundo va reduciendo su comprensión de lo que lo rodea. Si no se sabe nombrar un sentimiento, un fenómeno, terminamos mimetizándolos a lo poco que sabemos tipificar.
Me gustaría creer que de aquí viene el prurito para usar las maldiciones y, sobre todo, para imprimirlas. Pero no es así. Estoy de acuerdo en que palabras como “güey” han deslavado el lenguaje de los jóvenes hasta profundidades protohumanas, pero no es esto lo que inspira la censura fanática. Es, más bien, una lucha de poder. Lo tradicional frente a lo innovador, lo canónico frente a lo marginal. Es el reflejo antiguo y conservador de borrar lo subversivo; instinto de supervivencia. Y es ante todo un acto revolucionario (díganme si una mentada no ocasiona una revolución anímica, por lo menos).
Para crearnos una explicación de este mundo requerimos de estas palabras intensas. Por ejemplo, no nos quedaría claro qué tan sucio es el gobernador de Puebla, Mario Marín, si no lo hubiéramos escuchado decir: “Pues ya ayer le acabé de darle un pinche coscorrón a esta vieja cabrona”, refiriéndose a Lidia Cacho. O qué sabríamos de a catadura moral de la Güera Rodríguez (que en toda su vida no dejó descansar a nadie en paz) sin sus violaciones verbales; o la brutalidad que nos evidencia un herido sobreviviente de un atentado en La Paloma cuando sólo repite: “Ya nos cargó la chingada, compa…”
Este es el sitio privilegiado que los hablantes hemos dado a las groserías, cisnes negros, patitos feos. Lo que sigue del punto final. Y por eso vive en la boca de un asesino a sueldo y en la pluma de un poeta: la grosería es acto de la marginalidad, conflicto. Aparece en los límites de los sublime o lo perverso.
El sicario, el rabioso, saben de ellas tanto como Octavio paz o Renato Leduc.

VÍA ORAL: Despacio, cariño...

Qué paradójico, mucho se puede hablar de las virtudes del silencio. Entre sus innumerables ventajas está el reposo que ofrece a cuerpo y alma, el espacio que deja a sensaciones más dulces y sabias y, sobre todo, la insinuación comunicativa que implica, el suspenso que inaugura…
Es decir, todo silencio conlleva la certeza de una futura comunicación y más aun, puede ser, en sí, un mensaje. Mátalas callando, al buen entendedor pocas palabras y en boca cerrada no entran moscas, para dejarlo claro.
Todos lo hemos vivido: ¿Quién no ha optado por un prudente silencio antes que por una confesión vana?, o ¿quién no ha sufrido ante la indolencia callada de aquella a quien se desea? Y claro, hay de silencios a silencios y suelen significar cosas muy distintas. Es muy diferente el silencio del que escucha con atención al del indolente o despechado.
El idioma español, por supuesto, ha sido muy sensible a estos matices (mudez de amor ha de haber padecido…). Ha puesto cuidadoso empeño en las pausas. El genio del idioma ha comprendido tan bien las tonalidades que posee el silencio que ha creado un generoso sistema de sinfonías para contribuir al maravilloso mundo de lo mesurado.
Hablamos, pues, un idioma humilde, que se ha preocupado por enaltecer el silencio. Esto se evidencia en el lenguaje escrito y son los signos de puntuación (tan pequeños y serviciales ellos, tan vilipendiados) los vigías del mutismo expresivo.
Más allá del punto –autoridad tajante- y de la coma –ese “ajolote ingobernable” que diría Roberto Zavala- hay otros signos que le dan ritmo y cadencia a un texto; por ejemplo la raya, los paréntesis y los corchetes.
Pero permítanme manifestar mi favoritismo hacia los puntos suspensivos y el punto y coma. Mi relación con ellos ha sido, digamos, de amasiato. Visitarlos es descubrir su pasión desde la oscuridad donde los hemos alojado. Y ellos tan luminosos.
Para el punto y la coma hay reglas más o menos claras de uso; sin embargo, mis amores platónicos son los signos más sutiles y subjetivos. Hay que hablarles al oído, pero en cuanto se sienten escuchados se entregan totalmente.
Los tres puntos (y sólo tres; hay quien los mancilla agregando imitadores ad nauseam) son la seducción gráfica, la confianza en la inteligencia del lector, el desconocimiento del curioso o la insinuación sugerente. Su simple presencia, nos dice la Real Academia, puede denotar temor o duda (hay personas que en su vida no son capaces de expresar ningún sentimiento intenso; estos puntitos lo logran con sólo aparecer), obviar lo que ya sabemos o no interesa (cuántos demagogos, predicadores y escritores quisiéramos esa discreta cualidad ortográfica), terminar de modo inesperado una frase (con elegancia, no al estilo Fox) y dejar que la imaginación del lector concluya de la mejor forma una idea (escribe David Huerta: “bajo el insólito fulgor de la noche caudalosa…”).
Los puntos suspensivos son listones azules que saben volar y se enredan, suaves pero tensos, en el cuello de los anhelantes. Dicho de modo más pedestre: la caricia del suspenso. Y, hombre, a quién no le gusta ser acariciado.
Otro tanto ocurre con el punto y coma, signo refinado, nunca sofisticado. Tal vez su elegancia sea la que nos cohíba y por eso no lo usamos con naturalidad. Significa, ya se sabe, una pausa mayor a la de la coma y menor a la del punto, y como es el signo más relativo depende de nuestro estado anímico-rítmico el uso que hagamos de él. Es solidario; me refiero a que suele aceptar sustituir o ser sustituido por el punto o la coma. Pero ya se sabe que los humanos tenemos una intrínseca inclinación hacia la complejidad; por eso, tal vez, rehuimos los sencillísimos usos del punto y coma, que son dos, básicamente: unir oraciones estrechamente ligadas en sus significados y separar elementos de una frase que ya utilice comas. Tan fácil.
Los usos, tan fáciles; los signos, tan disponibles; nosotros, con un silencio que buscamos llenar de sentidos…

Breviario moribundo

1 La muerte llegó a mi casa a vivir conmigo.
Se esconde y quiere pasar inadvertida. Yo la busco y con los días y los meses sé que estoy más cerca de hallarla. Ella me hace una mueca y oculta sus lúbricos huesos tras un muro, tras el espejo. Tengo ganas de que un día se pare frente a mí, que no se muera de vergüenza. Sonreirá y aceptará fumarse un cigarro conmigo. Nos veremos como viejos cómplices, como rivales de un juego de ajedrez. Ella sonríe. No entiendo por qué la humildad en su mirada. Ella es la ganadora de antemano. Entonces habla: “Es que eres inmortal mientras vivas”.

2 Ay, vidita, vidita, ¿dónde te escondo?
Anda gritando, camina gritando. No intentes otra cosa. Si pretendías rehuirle con la discreción sonámbula, si pensabas que te salvabas con base en dietas, continencias y abstinencias haz empezado a despedirte. Grita, vidita mía, grita. Hazte escándalo y sácale la lengua a la muerte. Que se espante y te deje en paz. Haz chica la muerte, que eres inmensa, vida. Te escondo en el baile, en el mezcal, en el fornicio; ahí no te podrá encontrar. La dejaremos afuera de la fiesta. La mataremos de frío.

3 Morirse es una costumbre que suele tener la gente
La muerte es un fenómeno excepcional. Lo cotidiano es el miedo. Una muerte definitiva, de te entierro y de ahí no sales es bien poco frecuente. Los muertos acostumbran agarrarse con uñas y recuerdos al borde de la fosa y cuando creemos que ahí los dejamos aprovechan para salir y brincotear sobre alcantarillas y catedrales, en velorios y en los baños de mujeres. Tan es así que no conozco un solo muerto. Dimas y Héctor, Gracia y Ale, todavía se aparecen por aquí y cada vez más hermosos. La muerte les ha sentado bien. Yo los veo y los abrazo y hasta les tengo un poco de envidia. Morir es la única forma de acceder a la inmortalidad.

4 Con estos ojos que se comerán los gusanos
Qué mal gusto, amada. Tú tan elegante. Y yo tan guapo y con esta mirada que desafía al futuro. Qué mal gusto. ¿Cómo te permites usar instrumentos tan infames para desaparecerme de la faz de mi tierra? Hazme creer que serán valkirias y ángeles los que vendrán por mí. Resucitaré al tercer día y volveré a mis escrituras.

5 Uno no se muere cuando quiere, sino cuando puede
De pronto, en una borrachera y bajo la mirada terrorífica de los astros, junto ocho nefastas palabras y el sortilegio se consuma. La invocación es irreversible. La muerte me acepta.
De pronto, el verdugo levanta su hacha y me doy cuenta de que efectivamente era esto lo que quería cuando perpetré aquel asesinato: matar mi ira. El verdugo se convierte en instrumento de mi antigua voluntad. El hacha cae y estoy tranquilo.
De pronto, Jaime S. se da cuenta de que tiene todo: amor, salud, tranquilidad. Ahora es el momento. Mañana tal vez tuviera que reemprender otra lucha. La muerte lo acepta.

6 La hermosa vocación del suicida
Se siente triste, pero tranquilo. Lo que le habían pintado como un paraíso no es más que un remedo y una máscara. Aquí sólo espera solo, y odia esperar. Gusta de amar, buscar, pero rechaza las condiciones en que tendría que hacer su búsqueda. Está hueco de oreja a oreja y del pie hasta el deseo. Únicamente tiene la llama que flota en el pecho (no calienta, pero quema). Toma una pistola y se apunta. Decidió quitarse la muerte. Hoy nació.

Sunday, August 06, 2006

Todos los juegos, el juego

Todos los juegos, todas las semanas, todos los meses y campos de juego implican que se piense en función de 11, en función de equipo. Entrenarse, jugar, sprint, ¡pasa!, al hueco, por la banda… todo por el equipo. Domínala, pared, tira, brinca… todo por el equipo. Pero hay dos momentos, dos únicos instantes, en que el conjunto no existe. Uno viene tras el gol, ese segundo posterior a que el balón se burla del portero y todos los espectadores, todo el mundo, voltearon a ver la jugada, su jugada. Un resplandor interno que dura lo que un orgasmo.
Y el otro momento sin equipo es este. La soledad de la vergüenza y el ego herido. El problema es que dura mucho más. Tanto como tiempo medie entre la derrota recién consumada y la siguiente victoria, cuando al fin aparezca.
La decepción había sido amarguísima, como suelen ser las derrotas cuando también golpean al orgullo. Sentado, la cara sudorosa, torso desnudo de piel quemante, rostro duro, enjuto, piensa en lo que falló.
No fue él quien se equivocó en la opción clara ni cometió ningún error monumental. Pero… y si hubiera metido más fuerte la pierna, si hubiera corrido más, si se hubiera colocado mejor, si…
Carajo, piensa, y con el balón entre las manos observa el campo de juego –cara sudorosa- y siente una cosquilla ácida en el estómago, la que siempre viene cuando sabe que, ante todo su público, perdió.
Deja de ver un instante el partido que se desarrolla enfrente –de cualquier modo no estaba poniendo atención, pensaba- y voltea hacia sus rodillas raspadas. Una gota salada –rostro sudoroso- cae en el raspón inútil. Le duele pensar que la gota podría haber sido una lágrima.
Toda la tarde había pensado en el encuentro de hoy. Y toda la semana, para decirlo de una vez. Ya se sabe. Los sueños no viven en semanas de 40 horas ni tienen días feriados. Reptan, se aletargan, tal vez durante horas, pero de pronto –en su caso los domingos- saltan, se convierten en balones y comienzan a rodar entre el pasto y lo mejor de uno: el coraje, el compañerismo, la alegría.
Hay gente que tiene muchos consuelos ante la derrota. Una billetera repleta, unos reflectores-rémoras omnipresentes, una fama, un prestigio. Él tiene el tiempo. Una semana y la revancha. Y es lo único que tiene. Sabe que donde está nunca lo verá ningún reclutador, en otro tiempo tal vez, piensa, pero ahora… y aquí, mordiendo polvo en la banca, nunca. Y se desespera, claro, si una semana es mucho tiempo y 23 años ya no es edad de prometer nada ni de ganarse un título de crack, aunque claro, Zidane debutó más o menos a su edad… (aquí se emociona, se descubre sonriendo) y es fuerte y tiene lo que le falta a las mariquitas de la selección, que de todo lloran, y es carácter. Pinche Cuauhtémoc, todavía darse el lujo de insultar a un director técnico; no ha de ser tan difícil obedecerlo. Yo ya quisiera uno…
Se supone que no pasa nada. Es una derrota llanera, una reta más. Pero es que para él sí pasa, aunque nadie lo sepa, aunque no se lo haya dicho a nadie. Y un orgullo interno –alguien diría una quedita vergüenza- le impide platicar de su sueño, que se resume en dos palabras: Primera División. La misma pena que lo aleja de pedir un espacio en una escuela de futbol. Sabe que ahí si van los observadores de los equipos grandes, pero, pararse ahí, con sus 23 años encima… no, no… hay otras formas. (Quiere creer).
Piensa en qué falló, recuerda jugadas y hace apuntes mentales. Está cansado. Sólo un juego dominguero, dicen que es. Más tarde vendrán las cervezas… y eso es todo.
Rostro sudoroso, piernas cansadas, oye un silbatazo y voltea a ver. Se levanta. Enjuga la cara sudoroso y grita: “Va la reta”.
Que alguien diga que no va la vida en ello.

VÍA ORAL: Las letras con sangre entran

El señor es una belleza. Se llama Mahmud Ahmadineyad y es presidente de Irán. Hombre de ánimo resuelto y energía inagotable ha tomado varias decisiones que lo han hecho famoso. Ha dicho que Israel debería desaparecer de la faz de la tierra, relanzó el programa nuclear de su nación y ahora, oh lectores, la ha emprendido contra un terrible enemigo: el diccionario. Y lo de perverso contrincante lo digo en serio, pues ya se sabe que en las palabras suelen residir las más incendiarias rebeldías. Si no que le pregunten a Jesucristo o a Carlos Marx.
Sucede que el buen Mahmud decidió que había que ponerle un alto a los vocablos extranjeros. Así pues, ordenó que la Academia de Lengua Persa y Literatura (Farhangestan Zaban e Farsi, en el bello idioma autóctono) inventara palabras para sustituir las foráneas. Y agarraron y transformaron “teléfono celular”, por ejemplo, en “teléfono compañero”, y “pizza” (ah, sufran, malvados gastrónomos italianos) la convirtieron en “pan elástico”. Un fax será un “escrito de larga distancia”, una cabina, una “pequeña habitación” y, por qué no si ya agarramos vuelo, un “helicóptero” será ahora un “rotando las alas”. Deseo con toda mi alma que estas traducciones suenen mejor en persa que en español, pero lo dudo, puesto que es muy difícil enseñar a hablar por decreto.
Claro que no hay que hacer dramas. Ojalá que las barbaridades que se cometen en el mundo fueran todas como esta. El problema es que se inicia con el idioma y se termina como Francisco Franco, ex genocida y dictador español, que tan pronto declaraba ilegales el euskera y el catalán como ordenaba fusilamientos en masa. (Pobres Federico García Lorca y Miguel Hernández, doblemente culpables: por subversivos poetas y por republicanos).
Es que meterse con la lengua no es poca cosa. En 1492 también lo intentaron los Reyes Católicos con los judíos y miren, hoy existe una lengua que se llama sefardí y que conserva la estructura del español –mezclado con hebreo- de hace cinco siglos. Lo intentaron los romanos y los españoles en sus conquistas y bueno… lograrlo a costa de millones de vidas no suele calificar como un éxito.
Es grave meterse con el idioma materno porque es inmiscuirse con el instrumento que nos ha ayudado a traducir el mundo. La herramienta que nos ha alimentado intelectualmente. Y hablando de alimento intelectual no sobra recordar aquella frase: “No sólo de pan vive el hombre…”
(O “pan elástico”, diría Mahmud).

Sobre las peleas de perros

Los perros abren sus mandíbulas, bullterriers devenidos bulldozers. La sangre se mezcla con la leche y el sudor. Colgajos de carne, dolor, gruñido cansado y mortal. Risas, gritos en off. Se perdió una vida pero se ganó la apuesta. El trago, el perico y un nuevo perro.
Aunque eso puede ser lo de menos. Dinero va y viene, pero las relaciones se quedan. En cada círculo –cuantimás en este- siempre hay niveles. Que se note quién manda, que se note quién desea mandar. Hasta en los perros hay razas, y en las zonas oscuras, proscritas de la ciudad, esto se confirma. En el campo de pelea y en tribuna. Pero no estamos hablando de lumpen. Hay quien dice que este espectáculo le gusta a ex gobernadores, narcotraficantes, políticos y líderes sindicales.
Esto es una pelea de perros, liturgia de la barbarie, cotidianidad que rogamos no ver. Cada semana, cada quince días, en algún lugar de nuestra Morelia –Patrimonio de la Humanidad, Gloriam Dei- se entreveran apuestas y se cruzan colmillos. Un domingo cualquiera, un espectáculo como cualquier otro. Y aparece la misma gente que frecuenta las secciones de sociales y las de sucesos. La que vemos en la calle. La gente de las buenas conciencias cuyo único gustito es este. Por eso, que nadie se escandalice. Se puede ir a los perros como se va a los toros. Como se va a los gallos. Se puede poner la misma mueca ante un mal estoque que ante un rottweiller herido. Un giro descabezado, un bulldog que se desangra.

VÍA ORAL: Del buen decir y otras falacias

Hay de formas a formas de pasar por esta existencia. Algunas más luminosas o interesantes, pero ninguna mejor que otra. Hace rato dejé de creer que el bueno de la película ganaba al final y ahora, más bien, me doy cuenta de que los malos se la suelen pasar muy rico. Me da gusto por ellos. Cada quien con su vida y nadie para juzgar.
Dicho la anterior es más sencillo explicar de qué irá esta columna. Se tratará de la boca, la expresión y las cuerdas vocales; una ortodoncia de las palabras, digamos. Ninguna dentadura hay que sea mala o buena; las hay, eso sí, funcionales y disfuncionales.
Con el idioma pasa lo mismo: nadie habla bien o mal, y no existe, en ninguna lengua, nada que pueda ser catalogado como “correcto”. Así, de plano.
Nadie inventó la lengua, que en nuestro caso es el español. La génesis del idioma es una larga historia de diferencias y, sobre todo, de consensos. Esto hace al idioma variado, con muchas caras y sabores. Por lo tanto, ningún dictamen de ninguna autoridad tiene más validez que lo utilizado por los hablantes. El uso, la costumbre, hace la norma. Exactamente igual que en las otras facetas de lo humano.
Para tener más claro esto hay que preguntarnos cuál es el cometido principal del lenguaje. Comunicar, concluiremos. Y si para cumplir esta función una comunidad lingüística requiere del uso de palabras como “haiga”, “véngamos”, “gedankenexperiment” o “whatever” ese grupo humano no está haciendo más que lo útil, es decir, utilizar óptimamente las herramientas que conoce para describir su realidad, que es emplear los mismos modos y vocablos que acostumbra su vecino, su interlocutor.
Habrá, entonces, que preguntarnos por qué se intenta escribir poniendo los acentos donde los académicos nos han dicho, por qué muchísima gente evita decir “haiga” y por qué existe esta columna, que se supone que es para aclarar dudas en torno al idioma. Primero, porque a un conjunto amplio de hablantes le han funcionado esas normas; segundo, porque estas costumbres idiomáticas han dado lugar a una expresividad enorme en el español. Esto es, creo, lo que podemos defender mediante el uso de gramáticas, diccionarios de dudas y libros de estilo. Claridad, exactitud y expresión, nada más. Tal es, justamente, la intención de esta columna: proponer algunos usos, algunos modos, que nos permitan abrir más ventanas a la riqueza del idioma, que es nuestro patrimonio humano, a fin de cuentas.

Tuesday, May 09, 2006

Su grandísima culpa

Su nombre es María Elena. Ella es la responsable de que mi relación con las representantes del sexo femenino sea uno de los prodigios de mi vida. Es más, ella es la culpable de que la existencia, a mis ojos, no sea más que un milagro cotidiano. No quiero ser injusto y dejarle a esa mujer la responsabilidad íntegra, pero si hubo un autor intelectual, un perpetrador básico y un procesado principal, la culpa recae en la arriba mencionada.
Y su delito no quedará impune, la historia no la absolverá. Si todo sale como planeó, los nietos de mis hijos aún sufrirán las consecuencias de su metódica labor, de su escrupulosa confabulación. Ellos se sabrán apapachados de la vida, tendrán recurrentes ataques de felicidad, valorarán el trabajo y se embelesarán con la magia femenina sin saber quién fue la lejana causante de eso. Claro, ocurrirá tal cosa si cuajan sus maquiavélicos planes a los que, por otro lado, me afilio y promuevo.
Hoy ando medio inquisidor, ya se ve, pero creo que a todos los que tengan alguna responsabilidad en el devenir del mundo hay que ubicarlos, y es más, exhibirlos. Así sea mi propia madre, como en este caso. Decirles bien claro, con todas sus letras, lo que ocasionarán al orbe. Que sepan que no se nos escapa lo que hacen, aunque a veces nos quedemos callados.
A todos los que se metan con nuestro futuro hay que ubicarlos, decía. A los malos, sí, pero también a los buenos. Y en este caso, a la culpable confesa, y a todas las madres en situación similar, habrá que decirles que la lucha del día a día no es pequeña, como tantos propagadores profesionales del miedo nos quieren hacer creer; que su lucha es luminosa. Que el amor pesa más que los crímenes que nos rodean y que este planeta se salvará por la ratificación diaria que ellas hacen de este principio. Que pese a aquellos que hacen negocio augurando felicidades imposibles, ellas, con su valentía permanente, con su rebeldía constante, hacen de este sitio un mejor lugar del que encontramos.
Me di cuenta de su responsabilidad histórica hace poco. Muchas cosas ocurrieron. La primera fue cuando un día, de pronto, hice un recuento y llegué a la conclusión de que la gran mayoría de mujeres que he conocido son excepcionales, brillantes, dulces, inteligentes y generosas, nada más. Así que una de tres. O yo tenía muy buena suerte, o en algún momento había aprendido a ver la vida en rosa, o de cierta manera había aprendido a relacionarme con lo mejor de las mujeres. Y en efecto, querido lector, usted ha acertado, fue en mi casa, mediante el trato diario con María Elena.
Ocurrió después que empecé a trabajar y que con cada jornada me sentía transformador del universo; sucedió que luego me salí de la casa y entendí el cliché de tener raíces y alas al mismo tiempo. Pasa que me gustó lo que hicieron de mí.
Hay tantas maravillas en este mundo que uno necesariamente pasará de lado de muchas de ellas. Tenemos poco tiempo, pocos ojos, sólo dos manos y peor, un entorno que suele premiar a los adormilados, a los que tienen necrosado el sentido del asombro. Así que imagínense el valor de estar junto a alguien que hacía de un trayecto en coche una fiesta, de Edith Piaf una sinfónica, de Carmina Burana el soundtrack de una vida. María Elena también es culpable de presentarme a la belleza, cómplice mía.
Pasa que quiero tener una vida tan trascendente como ella. Ocurre que quiero que alguien, un día, diga que también yo soy culpable, culpable de rebeldía constante a la mediocridad, culpable por no creer que este mundo está perdido. Que alguien me señale responsable histórico.

El boicot

Que fue un gran error, hay quien dice. Yo creo que no. La movilización de los migrantes en EU, el pasado 1 de mayo, fue una sonrisa comunal y uno de los mayores aciertos sociales que recuerde.
Los que dicen que fue un fallo en el cálculo aseguran que la sociedad estadounidense no reacciona a estos modos de presión como nosotros, que los hispanos echaron a perder la buena imagen que habían creado en las marchas anteriores y que con esta actitud favorecen el paso de leyes racistas, discriminatorias, criminalizadoras y antimigrantes, lo contrario a lo que pretendían. ¿Pero entonces, si no se lanzan a las calles, qué cosa deberían hacer? Podrían seguir confiados a los buenos modos de la diplomacia mexicana, que desde el TLC y la privatización salinista del ejido sólo ha visto cómo se duplica, triplica, la migración. Podrían también, creyendo a pie juntillas en el american way of life, trabajar y seguir trabajando, multiplicar las jornadas y aceptar más labores por menos dinero, confiados en la supuesta “meritocracia” norteamericana, que algún día los voltearía a ver y les daría la recompensa, en dignidad y valoración, que sus brazos les han forjado. Es decir, podrían seguir haciendo lo mismo que hasta ahora, esperando que por algún milagro los resultados fueran diferentes a los de hoy.
Podrían haber fortalecido su cabildeo, su “lobby”, en Estados Unidos... Pero eso lo han hecho sistemáticamente desde hace décadas, y para cabildear, hay que demostrar que uno es fuerte y tiene con qué presionar, llegar con margen de maniobra.
Con la marcha y el boicot esto es lo que han obtenido los migrantes hispanos, mexicanos en su mayoría: la credencial de grupo fuerte, el certificado que demuestra su capacidad de movimiento político. La negociación para impedir leyes como la del muro fronterizo seguirá por los cauces de la política estadounidense, así debe ser, pero que nadie se llame a engaño. La historia muestra que los poderosos no ceden ni un ápice de poder por las buenas. Recuérdese cualquier cambio político, incluso el más pacífico, y se verá que siempre ha sido, en mayor o menor parte, producto de tensiones violentas. Es que por definición son las tensiones las que exigen los cambios. Sin ellas no hay necesidad de mover nada.
Y estoy totalmente de acuerdo con los que dicen que el camino ideal no fue seguido por los manifestantes, sólo que yo creo que así está bien. Porque una cosa es la cándida filosofía política y otra, ya se sabe, la realidad, que se resiste a las idealizaciones, y que es donde se deben ver los resultados.
El hecho mismo de que EU no esté acostumbrado a presiones sociales de este tipo abre un abanico mayor de posibilidades, puesto que el sistema aún no domina cómo encauzar lo que está viendo por primera vez. Esto puede dar lugar a represiones más brutales o a cesiones más amplias. El sistema no recurrirá a la represión porque eso beneficiaría muchísimo más a los migrantes, puesto que les daría bandera, motivo, cohesión, articulación, fuerza, detonante, etcétera.
Pero el debate entre los que vemos bien el boicot y los que no esconde otro par de cuestiones mucho más importantes: ¿Los migrantes en verdad quieren incorporarse a la sociedad estadounidense o quieren avanzar en algún tipo de reconquista, como afirma Samuel P. Huntington? El miedo que en EU despierta esta interrogante es mucho más potente que lo que haya significado el boicot. A mi juicio, los migrantes son quienes menos desean que los territorios alguna vez mexicanos volvieran a su dueño anterior. ¡Justamente por eso se fueron! Para no estar en México, en la pobreza de México. De tal manera que el deseo del emigrado es incorporarse a EU, con toda razón y legitimidad. Y claro que la incorporación seguirá caminos diferentes a las de otros grupos, pero no por eso significan ninguna amenaza a EU. A ellos les conviene que se mantenga el sistema del vecino del norte.
La otra cuestión, la más grave, es que México no piensa ni quiere detener la migración. Esto lo demuestra el hecho de que está más ocupado en negociar un acuerdo migratorio que en procurar las condiciones necesarias para que los mexicanos no tengan que salir del país. La migración es su dulce válvula de escape. El hecho de que el bono poblacional y la fuerza de trabajo la estemos dejando ir no parece importar.
Los migrantes, con su movilización, dieron su veredicto acerca de Estados Unidos y de México. Los que estamos en suelo mexicano también deberíamos marchar por nuestro país.

Friday, April 28, 2006

La bella contagiosa

Hoy amanecí anatómico. Es decir, piense y piense en las bellezas de nuestra maquinaria humana, o sea, nuestro cuerpecito. Hoy amanecí con ganas de verme desnudo al espejo y decirme lo bello que soy. Medio narcisista la onda, por supuesto, pero vieran ustedes lo bueno que es para la salud asumirse hermoso.
Sucede que la culpa de todo la tiene Alicia; es que soñé con ella. Yo la extraño mucho y siento que no la veo desde el año tres conejo. Es mi novia y actualmente vivimos en ciudades diferentes. La cuestión es que ahora estoy a un día de volverla a ver. Y es bien conocido el poder del presagio, de la presencia intuida. Dicho sea de otro modo: me muero de ganas de verla y eso se nota en mis sueños.
Y también es suficientemente conocido el hecho de que la belleza llama a la belleza y así se explica mi ánimo anatómico-narcisista del que antes les hablaba. Un sueño tan bonito como el que les dije tiene el poder de arreglar o impulsar toda la jornada, de llenar de claridades un día nublado y de barrer, trapear y sacudir conciencias muinas y ánimos devastados.
Pero yo había iniciado hablándoles de mi espíritu médico-estético. Tras recordar la exacta proporción de la Flaca (en relación a lo mejor de mi universo) me di cuenta de que yo también tenía lo mío y que si esto era así -yo no soy muy distinto al resto de los mortales-, entonces todos éramos lindos y exactos. Muy cursi, seguro, pero esta afirmación es producto del efecto multiplicador que suelen generar las cosas buenas de la vida. Es el mismo sentimiento que nos permite hacer sentir bien a las personas cuando nosotros estamos bien. Nos gusta lo bueno, pues.
Del vaporoso recuerdo de las proporciones lichescas (adj. Dícese de lo relacionado con Alicia, la Licha) y de mis baños de mí, pasé a las geografías internas. Me acordé y asombré de mis ojos débiles, de mis articulaciones crujiositas, de mis pulmones tan aguantadores. Espero que todos alguna vez hayan hecho el experimento de imaginarse pasear por dentro de uno mismo, pero si todavía no, les comento que es de vértigo sentirse plaquetita atravesando el corazón, o chispita eléctrica en chinga loca entre sinapsis y axiones. Para mejores resultados recomiendo imaginar una escenografía tipo foro 3 de Televisa –monumental-, unos efectos especiales onda Star Guars y una banda sonora variadita y polifónica. Para la escena del corazón recomiendo tamborazos centroafricanos y para la del cerebro los ruiditos que se escuchaban en los laboratorios de las películas del Santo.
Una vez que me deleité con la imaginación de mis vísceras y esqueletos (bello, bello y bloody que soy) me di cuenta de las potencias de esa tremebunda maquinaria. Fue una iluminación, el nirvana y la budeidad pequeña. Dios e infierno, filosofías, fobias y filias; pasión, amor, metáforas y locura, todo eso es sostenido, en mi caso, por 1.75 metros de carne morenita y ojitos dormilones.
Me puse a pensar en las palabras, por ejemplo, esas cosas que todavía no sabemos muy bien dónde las formamos, cuándo las inventamos o cómo se aprenden. “Hay de aquél que no sepa conquistar a una mujer con sus palabras”, dice un refrán oriental que, de ser cierto como creo que lo es, implica que nuestra supervivencia depende de que sepamos vestir a las palabras para el cortejo.
Es duro y fascinante asumir que nuestra verdad de la vida, las convicciones por las que mataríamos o nos dejaríamos matar o la imagen de la persona amada sólo habitan en nuestro cerebro. Que los récords mundiales reposan, latentes, en huesos; que las manos igual sostienen espadas que banderas de rendición y basta una brizna para que se detengan definitivamente los 300 gramos de músculo cardiaco que se nos han dado en gracia.
Yo no sé si fue cosa de Licha y su hermosura que me pusiera a pensar en estas cosas. Lo que sé es que la belleza es una reacción en cadena, y que una vez que la descubrimos ya no hay momento en que no nos sintamos semidioses.

Thursday, April 27, 2006

La violencia en stand by


Para que se vea que El mosquito zacatecano (izq) y El Apóstol Negro (yo), antes vistos en fiera y descomunal batalla, también son capaces de perdón y camaradería.

Mi otro yo



La reflexión, la seriedad filosófica y la pose para la posteridad también se me dan, para que vean.

Dios existe





O era Virgilio o Beatriz o Dios de plano: Daniel Santoro. Cuando crezca quiero ser como él.

Con la economista que México esperaba



Vero García compartiendo beca, plática, fundación y amistad con Juancho, su servidor

Tuesday, April 25, 2006

Una sonrisa a Calderón


Oh, uno rencuentra la fe en el terruño cuando en la Universidad Iberoamericana los ricos de México le sacan cartulinas a Felipe Calderón... Vida, nada me debes...

Los becarios de Prende



En el DF, con colegas periodistas y amigos.

I

Sí, bueno, la sonrisa y lo que quieran
Que arda Troya, que me olviden al día siguiente y que mis dedos abandonen las palabras
Pero primero la sonrisa
Esa sonrisa con vocación de presagio y de tormenta y de luna llena

Esa sonrisa y todo lo demás está a discusión

¿Y cómo no, si cada vez que sonreía había pleamar?
¿Y cómo no, si me hizo creer en la conjura del sol y la mirada?
¿Y cómo no, si la locura, si el grito mudo y contenido, si yo que me transformaba?

En días la vestía de fiesta y todos los que soy, mis vidas pasadas y futuras, mis deseos y las mariposas nos poníamos a bailar y girábamos y hasta la madrugada seguíamos en la risa y el abrazo
Otras ocasiones amanecía vestida para la revelación. Así tuvo que ser Pentecostés, creía entonces, y me convertía en profeta de fuegos artificiales y también terminaba bailando.
Otros días, los exactos, los inauditos, los más limpios, la sonrisa aparecía desnuda, sin más. Era un regalo que lo cubría a uno
y la constante era el milagro

(Otro) Instructivo de viaje

Los cronopìos, cuando llegan a cualquier lugar, tienen mil problemas, se pierden en todos los barrios peligrosos, platican con desconocidos, se ríen porque olvidan la cámara y tienen que beber agua de la llave porque el dinero se les acabó al tercer día. No obstante, cuando regresan a su terruño (cosa curiosa) vuelven llenos de recuerdos y de sonrisas. Las famas por su parte, que cargaron con botiquín y declaración fiscal, con VTP y seguro de vida, regresan a su tierra enojadas porque tuvieron que ayudarles a los cronopios con los libros que compraron, porque se olvidaron de visitar el sexto museo más importante de la villa y por la infección de pies ganada en el balneario de los cronopios locales. Los cronopios (seres viscosos y que bailan catalá, según el sociólogo Julio Cortázar) se quedan sonriendo a la pared, seguros de que habrá otra aventura. Las famas contactan a las agencias de viajes para quejarse y para planear un viaje que les cure el mal sabor de boca. Es que las famas tardan en entender que en una maleta no caben al mismo tiempo sonrisas y espantos, asombros con guías roji, previsiones con realidades. Creen que el problema espacial se resuelve con no mezclar ropa con pasteles ni abrazos con recomendaciones consulares. Los cronopios se olvidan de todo y sólo a cinco minutos de la partida se dan cuenta de que no han hecho la maleta. Corren brincando por toda la habitación y echan a su valija lo que alcanzan sus manos. La pasta de dientes la envuelven entre toallas y la botella de ron la cuelgan de los cierres. Cuando concluye el viaje abren sus velices y lo que ven es un arcoiris. Entonces también abren sus bocas y se abrazan con el cronopio más cercano (los cronopios se abrazan por todo). Hablan a las famas para que les expliquen qué ocurre pero ellas están muy ocupadas quitando granitos de arena a sus sandalias. Sin embargo, los cronopios y las famas siempre salen juntos cuando están de viaje. Se necesitan los unos a los otros. Los cronopios ocupan de alguien que les recuerde que hay horas de baile y de sueño. Necesitan a las famas para tener con quién hacer ronda de catalá y para mojarse con mangueras agujeradas. Las famas requieren de los cronopios para verlos corretear y decirse en sus adentros lo buenas y previsoras que son. Se compadecen de los pantalones sucios de los cronopios y se alegran porque nunca pasarán los avatares de sus compañeros de viaje.
A los cronopios les crecen los ojos cuando viajan. Los alimentan de siluetas y colores. A las famas los ojos se les llenan de molestos papalotes de aire y conjuran a la mariposa del asombro con lentes oscuros y prejuicios. Aquellos regresan encandilados y la luz bebida les dura para rato. Ellas tropiezan con todo y ocupan del filtro de la videograbadora para convocar el recuerdo. Los cronopios -pobres bichos desorganizados- nunca compran más que el pasaje de ida. Siempre hay tiempo para regresar, aseguran, y uno nunca sabé qué pasiones los entretendrán. Las famas contratan famitas autóctonas para que les carguen maletas y horarios. Y aunque viajan juntos a la hora de recorrer la ciudad siempre terminan separándose. Cada travesía es lo mismo. Con las mejores intenciones y bajo la coordinación de las famas se reúnen en el vestíbulo del hotel y emprenden la marcha. Los cronopios, que admiran a las famas, intentan seguir su paso y ver las cosas que ellas voltean a ver. Pero si pasa una bicicleta, si un niño corre o una joven sonríe se alborotan y atraviesan la calle sin fijarse o empiezan a cantar o simple y llanamente se detienen a pasear la mirada. Las famas, que también quieren mucho a los cronopios, intentan esperarlos, pero se desesperan rápido y se van a conocer más restaurantes. Los cronopios tardan en darse cuenta de que las famas no están y cuando se enteran se ponen tristes pero entonces otro niño corre o pasa un auto con muchos colores.
Los guías de las famas les explican cada cosa y a los pocos días ellas saben todo de la ciudad. Los cronopios, en cambio, sólo pasean y ríen, y a los pocos días la ciudad sabe todo de ellos. Entonces la ciudad baila catalá.

Érase un hombre y una mujer

Ocurrió en Cuba y por ese milagro cotidiano sé qué tienen en común todos los lugares del mundo, todos los hombres y mujeres.
Ella, después me enteré, se llama Aleida, y él, Renzo. El preludio a la tormenta fueron dos bebidas que se confundieron. Un maravilloso pretexto para iniciar la conversación en La Bodeguita y para confirmar lo que gritaban miradas y gestos: que se gustaban y que estaban encantados con el error del mesero.
Todos nos enteramos de esto porque los supuestos reclamos iban de lado a lado de la barra. Escuchar a la puertorriqueña y al italiano en la búsqueda de la comprensión ya era todo un deleite, aun antes de presentir la magnitud de lo que se acercaba. Tampoco los que vivieron aquel milagro de panes y peces supieron lo que vendría sino hasta que lo tuvieron enfrente. Sólo que ahora la multiplicación no fue de comida, sino de bebidas, puesto que ambos terminaron regalándose sendos mojitos, a fin de limar las suculentas asperezas.
No obstante, los que presenciábamos la batalla nos preocupamos. Como iban las cosas era claro que ellos terminarían sentándose juntos y nosotros dejaríamos de escuchar sus requiebros y avances.
Hay ocasiones en que hablar idiomas distintos no es obstáculo sino incentivo y pretexto. Y a esta realidad aposté mi deseo de que no se acercaran en lo inmediato. A eso y al hecho de que la Bodeguita del Medio -el bar- estaba repleto.
La cuestión es que nadie se movió para cederles un lugar. Todos continuamos haciéndonos los desentendidos y fingiendo charlar con los acompañantes. Todos seguíamos poniendo atención a lo importante.
También los dos combatientes aceptaron las reglas que seguía el juego y yo desee que todos los protagonismo fueran como éste. Así que los que se tuvieron que mover fueron los músicos, que iban de lado a lado del bar cantando las canciones que el uno para la otra (y la otra para el uno) se dedicaban. La puertorriqueña no tenía ningún problema para acertar en el repertorio del trío pero Renzo sufría no ya para encargar una canción existente, sino para articular dos palabras en español.
Ahí comenzó el trabajo comunal (¿Ven?, para eso sirve el socialismo). Un amable inglés, muy sabio él, traducía las peticiones del italiano al inglés, con lo que un mesero políglota vertía el pedido al idioma cubano (Que no se crean ustedes, aunque se parece al español yo estoy convencido de que es una mezcla de generación espontánea, olas, música y uno que otro conquistador andaluz).
Los amables traductores tenían harto cuidado de hablar fuerte, para que la afortunada concurrencia siguiera el hilo de los escarceos y algunos presentes ya se atrevían a sugerir a uno u otro algunas canciones dulces y convincentes. Baste con decir que el trío cantó a Juan Gabriel y a Tiziano Ferro.
Todo había ido en crescendo, pero como Alfred Hitchcock decía hay un momento dramático en que la tensión es tanta que tienes que darle a la creación artística una resolución tremenda, catártica. Hay momentos, hay tensiones, que exigen el milagro.
Audaz y sabio como suele ser el deseo, Renzo comprendió su responsabilidad histórica. El hombre ya no cabía en su asiento ni la distancia -larga, larga- que lo separaba de la sonrisa de Aleida. Se revolvía en el banco, el canto y dentro de sí. Ocurrió entonces. Como cosa divina los presentes obtuvimos el don de lenguas al escuchar el grito de Renzo: "Aleida, veni! Ti posso dare un bacio?"
Aquello estalló en una orgía de traductores simultáneos. "Que quiere que vayas", "Que quiere darte un beso", "Que te ama". Aleida, mujer latina, primero fingió sorpresa y después puso la mirada de incitante indignación que el momento exigía. Pero bien que leyó la revolución que había puesto en marcha. Se levantó. Entre músicos, mojitos y presagios, Aleida y Renzo se besaron a las 9 y 21 de la noche. Luego estamparon en la pared sus iniciales, justo al lado de una frase de Agustín Lara: "Nunca creí que aquí hubiera tanta poesía".