Juan Carlos Ortega Prado

Bitácora sobre periodismo, política y, la verdad, lo que se me ocurra.

Name:
Location: Morelia, Michoacán, Mexico

Monday, August 28, 2006

VÍA ORAL: Palabras venenosas

Seguramente moriré pronto pero, eso sí, muy feliz. Me fascina el tabaco (el oscuro cubano es una excelsitud), el café (cuando gusten, en mi casa -que es la suya- hay chiapaneco, veracruzano y oaxaqueño), los desvelos y el buen mezcal.
Con este modo de vida, ya se ve, no viviré largos años pero siempre traeré una sonrisa en la boca.
O casi siempre. Permitan que me confiese ante ustedes: sufro enormemente cuando abro la cajetilla de cigarros. No es la certidumbre del enfisema que se avecina, no es el terror del cáncer que convoco, no… son los terribles mensajes admonitorios que en ella vienen impresos.
Y es que, en efecto, dan terror. No por el mensaje que pretenden trasmitir (lo que intentan decir todos los sabemos) sino por la horrorosa redacción en que están cifrados.
“FUMAR DURANTE EL EMBARAZO, AUMENTA EL RIESGO DE CANCER PREMATURO Y DE BAJO PESO EN EL RECIEN NACIDO”. Esto lo dicen por un lado de la caja, y en verdad llama a asombro que en una sola oración (algún purista diría que son dos oraciones, en realidad) se encuentren tantas inexactitudes.
En primer lugar las mayúsculas. La Real Academia (en su maravilloso Diccionario Panhispánico de Dudas) acepta que se pueden usar en frases enteras, siempre y cuando sean parte de un texto y, en este caso, no hay más texto que el de la frase. En segundo lugar, los acentos. Si no era suficiente concesión el uso indiscriminado del traje de gala de las letras, resulta ahora que los redactores también se permitieron olvidar la tilde de “recién” y de “cáncer”. Pero no se preocupe, ya que estamos hablando de esa enfermedad, el textito nos aclara que el tabaco no aumenta el riesgo de cáncer, sino de cáncer prematuro, lo que nos hace concluir que hay un tipo de cáncer que llega justo a tiempo, lo que, honestamente, se me hace una magna estupidez.
En último lugar hay ahí una coma asesina, literalmente. Un ajolote que me hace dudar de la integridad (ja, ja) de los tabacaleros. Según me enseñaron en primaria, secundaria y demás entidades educativas nunca debe ir una coma entre el sujeto y el predicado. No hay razón para que exista. Se me hace una recomendación pertinente que ayuda a la claridad y la fluidez. Sin embargo, los genios que escribieron esta advertencia (para mayor dolor de mi alma déjenme informarles que este texto fue consensuado entre las autoridades sanitarias y los empresarios) o cometieron un error o deliberadamente decidieron hacer una separación entre ambas frases. Con el negro historial de las empresas cigarreras no se me hace difícil creer que hubieran dejado pasar este fallo. Suelo ser un malpensado y un entusiasta partidario de la teoría del compló, así que creo que esos redactores malvados pusieron esa coma para que la primera frase: “Fumar durante el embarazo” se leyera como una orden… aunque los muchachos del barrio me llamen loco.
Pero ¡oh dolor! hay otra amable frase en un flanco de la cajetilla, reza: “ACTUALMENTE NO EXISTE UN CIGARRO QUE REDUZCA LOS RIESGOS A LA SALUD”. Más allá de las mayúsculas, a las que ya me resigné, este letrero nunca dice que todos los cigarros son igual de dañinos, que no hay uno menos insano que otro, mensaje que sería el útil para el consumidor. Tal como está la redacción lo único que se nos informa es que ningún cigarro es curativo. Y especificar que “actualmente no existe” es dejar abierta la posibilidad a que un día exista… sigamos fumando, entonces, quién quita y un día nos toca la suerte de fumar uno que sea la panacea.
Así que ya se ve, los errores ortográficos son más que un descuido en la escritura, son también un descuido intelectual y una perversidad (deliciosamente adictiva), en algunos casos.

Sunday, August 27, 2006

VÍA ORAL: Canonicemos a las putas (palabras)

En la sencillez está la elegancia y, en asuntos idiomáticos, la sencillez reside en la claridad. Todo es muy simple, como se ve, por eso llama la atención que los puristas hayan triunfado durante años y su intención censuradora haya logrado ocultar las groserías de textos muy reconocidos y respetables.
Suelo creer que una maldición, bien dicha y proferida en el momento justo, suele ser mucho más significativa que una carta evangélica o una disquisición filosófico-médica sobre el hombre, el dolor y el infortunio de haberse golpeado el dedo chiquito con la pata de la cama.
Hay matices expresivos que sólo pueden existir en una mentada de madre, un insulto rabioso o un susurro pletórico de rencor. Palabras que purifican, volcánicas y ácidas; que rompen el tabú de la cortesía y que en nuestra sociedad, moralina y persignada, pegan con tubo en conciencias asustadizas.
Y he dicho matices, es decir, la verdadera fuerza de una maldición, su poder exorcista, reside en explotar y reacomodar las palabras que rodean al insulto y redimensionar su significado. Otra potencia del malhablar estriba en su profunda democracia. Si el lenguaje ya es, de suyo, un acuerdo comunal, democrático a más no poder, las palabras soeces son accesibles a todos, nadie estudió para conocerlas, se sienten igual de cómodas en la boca de doctores que de niños.
Pero las más enormes virtudes, ya se sabe, suelen existir junto a una contraparte negativa. De ser tan usadas y socorridas, las groserías van desgastando su efecto y llegan a significar tantas cosas que empobrecen el vocabulario del hablante. Esto no sería ningún problema, tal vez, pero la cuestión es que alguien con pocas palabras para nombrar su mundo va reduciendo su comprensión de lo que lo rodea. Si no se sabe nombrar un sentimiento, un fenómeno, terminamos mimetizándolos a lo poco que sabemos tipificar.
Me gustaría creer que de aquí viene el prurito para usar las maldiciones y, sobre todo, para imprimirlas. Pero no es así. Estoy de acuerdo en que palabras como “güey” han deslavado el lenguaje de los jóvenes hasta profundidades protohumanas, pero no es esto lo que inspira la censura fanática. Es, más bien, una lucha de poder. Lo tradicional frente a lo innovador, lo canónico frente a lo marginal. Es el reflejo antiguo y conservador de borrar lo subversivo; instinto de supervivencia. Y es ante todo un acto revolucionario (díganme si una mentada no ocasiona una revolución anímica, por lo menos).
Para crearnos una explicación de este mundo requerimos de estas palabras intensas. Por ejemplo, no nos quedaría claro qué tan sucio es el gobernador de Puebla, Mario Marín, si no lo hubiéramos escuchado decir: “Pues ya ayer le acabé de darle un pinche coscorrón a esta vieja cabrona”, refiriéndose a Lidia Cacho. O qué sabríamos de a catadura moral de la Güera Rodríguez (que en toda su vida no dejó descansar a nadie en paz) sin sus violaciones verbales; o la brutalidad que nos evidencia un herido sobreviviente de un atentado en La Paloma cuando sólo repite: “Ya nos cargó la chingada, compa…”
Este es el sitio privilegiado que los hablantes hemos dado a las groserías, cisnes negros, patitos feos. Lo que sigue del punto final. Y por eso vive en la boca de un asesino a sueldo y en la pluma de un poeta: la grosería es acto de la marginalidad, conflicto. Aparece en los límites de los sublime o lo perverso.
El sicario, el rabioso, saben de ellas tanto como Octavio paz o Renato Leduc.

VÍA ORAL: Despacio, cariño...

Qué paradójico, mucho se puede hablar de las virtudes del silencio. Entre sus innumerables ventajas está el reposo que ofrece a cuerpo y alma, el espacio que deja a sensaciones más dulces y sabias y, sobre todo, la insinuación comunicativa que implica, el suspenso que inaugura…
Es decir, todo silencio conlleva la certeza de una futura comunicación y más aun, puede ser, en sí, un mensaje. Mátalas callando, al buen entendedor pocas palabras y en boca cerrada no entran moscas, para dejarlo claro.
Todos lo hemos vivido: ¿Quién no ha optado por un prudente silencio antes que por una confesión vana?, o ¿quién no ha sufrido ante la indolencia callada de aquella a quien se desea? Y claro, hay de silencios a silencios y suelen significar cosas muy distintas. Es muy diferente el silencio del que escucha con atención al del indolente o despechado.
El idioma español, por supuesto, ha sido muy sensible a estos matices (mudez de amor ha de haber padecido…). Ha puesto cuidadoso empeño en las pausas. El genio del idioma ha comprendido tan bien las tonalidades que posee el silencio que ha creado un generoso sistema de sinfonías para contribuir al maravilloso mundo de lo mesurado.
Hablamos, pues, un idioma humilde, que se ha preocupado por enaltecer el silencio. Esto se evidencia en el lenguaje escrito y son los signos de puntuación (tan pequeños y serviciales ellos, tan vilipendiados) los vigías del mutismo expresivo.
Más allá del punto –autoridad tajante- y de la coma –ese “ajolote ingobernable” que diría Roberto Zavala- hay otros signos que le dan ritmo y cadencia a un texto; por ejemplo la raya, los paréntesis y los corchetes.
Pero permítanme manifestar mi favoritismo hacia los puntos suspensivos y el punto y coma. Mi relación con ellos ha sido, digamos, de amasiato. Visitarlos es descubrir su pasión desde la oscuridad donde los hemos alojado. Y ellos tan luminosos.
Para el punto y la coma hay reglas más o menos claras de uso; sin embargo, mis amores platónicos son los signos más sutiles y subjetivos. Hay que hablarles al oído, pero en cuanto se sienten escuchados se entregan totalmente.
Los tres puntos (y sólo tres; hay quien los mancilla agregando imitadores ad nauseam) son la seducción gráfica, la confianza en la inteligencia del lector, el desconocimiento del curioso o la insinuación sugerente. Su simple presencia, nos dice la Real Academia, puede denotar temor o duda (hay personas que en su vida no son capaces de expresar ningún sentimiento intenso; estos puntitos lo logran con sólo aparecer), obviar lo que ya sabemos o no interesa (cuántos demagogos, predicadores y escritores quisiéramos esa discreta cualidad ortográfica), terminar de modo inesperado una frase (con elegancia, no al estilo Fox) y dejar que la imaginación del lector concluya de la mejor forma una idea (escribe David Huerta: “bajo el insólito fulgor de la noche caudalosa…”).
Los puntos suspensivos son listones azules que saben volar y se enredan, suaves pero tensos, en el cuello de los anhelantes. Dicho de modo más pedestre: la caricia del suspenso. Y, hombre, a quién no le gusta ser acariciado.
Otro tanto ocurre con el punto y coma, signo refinado, nunca sofisticado. Tal vez su elegancia sea la que nos cohíba y por eso no lo usamos con naturalidad. Significa, ya se sabe, una pausa mayor a la de la coma y menor a la del punto, y como es el signo más relativo depende de nuestro estado anímico-rítmico el uso que hagamos de él. Es solidario; me refiero a que suele aceptar sustituir o ser sustituido por el punto o la coma. Pero ya se sabe que los humanos tenemos una intrínseca inclinación hacia la complejidad; por eso, tal vez, rehuimos los sencillísimos usos del punto y coma, que son dos, básicamente: unir oraciones estrechamente ligadas en sus significados y separar elementos de una frase que ya utilice comas. Tan fácil.
Los usos, tan fáciles; los signos, tan disponibles; nosotros, con un silencio que buscamos llenar de sentidos…

Breviario moribundo

1 La muerte llegó a mi casa a vivir conmigo.
Se esconde y quiere pasar inadvertida. Yo la busco y con los días y los meses sé que estoy más cerca de hallarla. Ella me hace una mueca y oculta sus lúbricos huesos tras un muro, tras el espejo. Tengo ganas de que un día se pare frente a mí, que no se muera de vergüenza. Sonreirá y aceptará fumarse un cigarro conmigo. Nos veremos como viejos cómplices, como rivales de un juego de ajedrez. Ella sonríe. No entiendo por qué la humildad en su mirada. Ella es la ganadora de antemano. Entonces habla: “Es que eres inmortal mientras vivas”.

2 Ay, vidita, vidita, ¿dónde te escondo?
Anda gritando, camina gritando. No intentes otra cosa. Si pretendías rehuirle con la discreción sonámbula, si pensabas que te salvabas con base en dietas, continencias y abstinencias haz empezado a despedirte. Grita, vidita mía, grita. Hazte escándalo y sácale la lengua a la muerte. Que se espante y te deje en paz. Haz chica la muerte, que eres inmensa, vida. Te escondo en el baile, en el mezcal, en el fornicio; ahí no te podrá encontrar. La dejaremos afuera de la fiesta. La mataremos de frío.

3 Morirse es una costumbre que suele tener la gente
La muerte es un fenómeno excepcional. Lo cotidiano es el miedo. Una muerte definitiva, de te entierro y de ahí no sales es bien poco frecuente. Los muertos acostumbran agarrarse con uñas y recuerdos al borde de la fosa y cuando creemos que ahí los dejamos aprovechan para salir y brincotear sobre alcantarillas y catedrales, en velorios y en los baños de mujeres. Tan es así que no conozco un solo muerto. Dimas y Héctor, Gracia y Ale, todavía se aparecen por aquí y cada vez más hermosos. La muerte les ha sentado bien. Yo los veo y los abrazo y hasta les tengo un poco de envidia. Morir es la única forma de acceder a la inmortalidad.

4 Con estos ojos que se comerán los gusanos
Qué mal gusto, amada. Tú tan elegante. Y yo tan guapo y con esta mirada que desafía al futuro. Qué mal gusto. ¿Cómo te permites usar instrumentos tan infames para desaparecerme de la faz de mi tierra? Hazme creer que serán valkirias y ángeles los que vendrán por mí. Resucitaré al tercer día y volveré a mis escrituras.

5 Uno no se muere cuando quiere, sino cuando puede
De pronto, en una borrachera y bajo la mirada terrorífica de los astros, junto ocho nefastas palabras y el sortilegio se consuma. La invocación es irreversible. La muerte me acepta.
De pronto, el verdugo levanta su hacha y me doy cuenta de que efectivamente era esto lo que quería cuando perpetré aquel asesinato: matar mi ira. El verdugo se convierte en instrumento de mi antigua voluntad. El hacha cae y estoy tranquilo.
De pronto, Jaime S. se da cuenta de que tiene todo: amor, salud, tranquilidad. Ahora es el momento. Mañana tal vez tuviera que reemprender otra lucha. La muerte lo acepta.

6 La hermosa vocación del suicida
Se siente triste, pero tranquilo. Lo que le habían pintado como un paraíso no es más que un remedo y una máscara. Aquí sólo espera solo, y odia esperar. Gusta de amar, buscar, pero rechaza las condiciones en que tendría que hacer su búsqueda. Está hueco de oreja a oreja y del pie hasta el deseo. Únicamente tiene la llama que flota en el pecho (no calienta, pero quema). Toma una pistola y se apunta. Decidió quitarse la muerte. Hoy nació.

Sunday, August 06, 2006

Todos los juegos, el juego

Todos los juegos, todas las semanas, todos los meses y campos de juego implican que se piense en función de 11, en función de equipo. Entrenarse, jugar, sprint, ¡pasa!, al hueco, por la banda… todo por el equipo. Domínala, pared, tira, brinca… todo por el equipo. Pero hay dos momentos, dos únicos instantes, en que el conjunto no existe. Uno viene tras el gol, ese segundo posterior a que el balón se burla del portero y todos los espectadores, todo el mundo, voltearon a ver la jugada, su jugada. Un resplandor interno que dura lo que un orgasmo.
Y el otro momento sin equipo es este. La soledad de la vergüenza y el ego herido. El problema es que dura mucho más. Tanto como tiempo medie entre la derrota recién consumada y la siguiente victoria, cuando al fin aparezca.
La decepción había sido amarguísima, como suelen ser las derrotas cuando también golpean al orgullo. Sentado, la cara sudorosa, torso desnudo de piel quemante, rostro duro, enjuto, piensa en lo que falló.
No fue él quien se equivocó en la opción clara ni cometió ningún error monumental. Pero… y si hubiera metido más fuerte la pierna, si hubiera corrido más, si se hubiera colocado mejor, si…
Carajo, piensa, y con el balón entre las manos observa el campo de juego –cara sudorosa- y siente una cosquilla ácida en el estómago, la que siempre viene cuando sabe que, ante todo su público, perdió.
Deja de ver un instante el partido que se desarrolla enfrente –de cualquier modo no estaba poniendo atención, pensaba- y voltea hacia sus rodillas raspadas. Una gota salada –rostro sudoroso- cae en el raspón inútil. Le duele pensar que la gota podría haber sido una lágrima.
Toda la tarde había pensado en el encuentro de hoy. Y toda la semana, para decirlo de una vez. Ya se sabe. Los sueños no viven en semanas de 40 horas ni tienen días feriados. Reptan, se aletargan, tal vez durante horas, pero de pronto –en su caso los domingos- saltan, se convierten en balones y comienzan a rodar entre el pasto y lo mejor de uno: el coraje, el compañerismo, la alegría.
Hay gente que tiene muchos consuelos ante la derrota. Una billetera repleta, unos reflectores-rémoras omnipresentes, una fama, un prestigio. Él tiene el tiempo. Una semana y la revancha. Y es lo único que tiene. Sabe que donde está nunca lo verá ningún reclutador, en otro tiempo tal vez, piensa, pero ahora… y aquí, mordiendo polvo en la banca, nunca. Y se desespera, claro, si una semana es mucho tiempo y 23 años ya no es edad de prometer nada ni de ganarse un título de crack, aunque claro, Zidane debutó más o menos a su edad… (aquí se emociona, se descubre sonriendo) y es fuerte y tiene lo que le falta a las mariquitas de la selección, que de todo lloran, y es carácter. Pinche Cuauhtémoc, todavía darse el lujo de insultar a un director técnico; no ha de ser tan difícil obedecerlo. Yo ya quisiera uno…
Se supone que no pasa nada. Es una derrota llanera, una reta más. Pero es que para él sí pasa, aunque nadie lo sepa, aunque no se lo haya dicho a nadie. Y un orgullo interno –alguien diría una quedita vergüenza- le impide platicar de su sueño, que se resume en dos palabras: Primera División. La misma pena que lo aleja de pedir un espacio en una escuela de futbol. Sabe que ahí si van los observadores de los equipos grandes, pero, pararse ahí, con sus 23 años encima… no, no… hay otras formas. (Quiere creer).
Piensa en qué falló, recuerda jugadas y hace apuntes mentales. Está cansado. Sólo un juego dominguero, dicen que es. Más tarde vendrán las cervezas… y eso es todo.
Rostro sudoroso, piernas cansadas, oye un silbatazo y voltea a ver. Se levanta. Enjuga la cara sudoroso y grita: “Va la reta”.
Que alguien diga que no va la vida en ello.

VÍA ORAL: Las letras con sangre entran

El señor es una belleza. Se llama Mahmud Ahmadineyad y es presidente de Irán. Hombre de ánimo resuelto y energía inagotable ha tomado varias decisiones que lo han hecho famoso. Ha dicho que Israel debería desaparecer de la faz de la tierra, relanzó el programa nuclear de su nación y ahora, oh lectores, la ha emprendido contra un terrible enemigo: el diccionario. Y lo de perverso contrincante lo digo en serio, pues ya se sabe que en las palabras suelen residir las más incendiarias rebeldías. Si no que le pregunten a Jesucristo o a Carlos Marx.
Sucede que el buen Mahmud decidió que había que ponerle un alto a los vocablos extranjeros. Así pues, ordenó que la Academia de Lengua Persa y Literatura (Farhangestan Zaban e Farsi, en el bello idioma autóctono) inventara palabras para sustituir las foráneas. Y agarraron y transformaron “teléfono celular”, por ejemplo, en “teléfono compañero”, y “pizza” (ah, sufran, malvados gastrónomos italianos) la convirtieron en “pan elástico”. Un fax será un “escrito de larga distancia”, una cabina, una “pequeña habitación” y, por qué no si ya agarramos vuelo, un “helicóptero” será ahora un “rotando las alas”. Deseo con toda mi alma que estas traducciones suenen mejor en persa que en español, pero lo dudo, puesto que es muy difícil enseñar a hablar por decreto.
Claro que no hay que hacer dramas. Ojalá que las barbaridades que se cometen en el mundo fueran todas como esta. El problema es que se inicia con el idioma y se termina como Francisco Franco, ex genocida y dictador español, que tan pronto declaraba ilegales el euskera y el catalán como ordenaba fusilamientos en masa. (Pobres Federico García Lorca y Miguel Hernández, doblemente culpables: por subversivos poetas y por republicanos).
Es que meterse con la lengua no es poca cosa. En 1492 también lo intentaron los Reyes Católicos con los judíos y miren, hoy existe una lengua que se llama sefardí y que conserva la estructura del español –mezclado con hebreo- de hace cinco siglos. Lo intentaron los romanos y los españoles en sus conquistas y bueno… lograrlo a costa de millones de vidas no suele calificar como un éxito.
Es grave meterse con el idioma materno porque es inmiscuirse con el instrumento que nos ha ayudado a traducir el mundo. La herramienta que nos ha alimentado intelectualmente. Y hablando de alimento intelectual no sobra recordar aquella frase: “No sólo de pan vive el hombre…”
(O “pan elástico”, diría Mahmud).

Sobre las peleas de perros

Los perros abren sus mandíbulas, bullterriers devenidos bulldozers. La sangre se mezcla con la leche y el sudor. Colgajos de carne, dolor, gruñido cansado y mortal. Risas, gritos en off. Se perdió una vida pero se ganó la apuesta. El trago, el perico y un nuevo perro.
Aunque eso puede ser lo de menos. Dinero va y viene, pero las relaciones se quedan. En cada círculo –cuantimás en este- siempre hay niveles. Que se note quién manda, que se note quién desea mandar. Hasta en los perros hay razas, y en las zonas oscuras, proscritas de la ciudad, esto se confirma. En el campo de pelea y en tribuna. Pero no estamos hablando de lumpen. Hay quien dice que este espectáculo le gusta a ex gobernadores, narcotraficantes, políticos y líderes sindicales.
Esto es una pelea de perros, liturgia de la barbarie, cotidianidad que rogamos no ver. Cada semana, cada quince días, en algún lugar de nuestra Morelia –Patrimonio de la Humanidad, Gloriam Dei- se entreveran apuestas y se cruzan colmillos. Un domingo cualquiera, un espectáculo como cualquier otro. Y aparece la misma gente que frecuenta las secciones de sociales y las de sucesos. La que vemos en la calle. La gente de las buenas conciencias cuyo único gustito es este. Por eso, que nadie se escandalice. Se puede ir a los perros como se va a los toros. Como se va a los gallos. Se puede poner la misma mueca ante un mal estoque que ante un rottweiller herido. Un giro descabezado, un bulldog que se desangra.

VÍA ORAL: Del buen decir y otras falacias

Hay de formas a formas de pasar por esta existencia. Algunas más luminosas o interesantes, pero ninguna mejor que otra. Hace rato dejé de creer que el bueno de la película ganaba al final y ahora, más bien, me doy cuenta de que los malos se la suelen pasar muy rico. Me da gusto por ellos. Cada quien con su vida y nadie para juzgar.
Dicho la anterior es más sencillo explicar de qué irá esta columna. Se tratará de la boca, la expresión y las cuerdas vocales; una ortodoncia de las palabras, digamos. Ninguna dentadura hay que sea mala o buena; las hay, eso sí, funcionales y disfuncionales.
Con el idioma pasa lo mismo: nadie habla bien o mal, y no existe, en ninguna lengua, nada que pueda ser catalogado como “correcto”. Así, de plano.
Nadie inventó la lengua, que en nuestro caso es el español. La génesis del idioma es una larga historia de diferencias y, sobre todo, de consensos. Esto hace al idioma variado, con muchas caras y sabores. Por lo tanto, ningún dictamen de ninguna autoridad tiene más validez que lo utilizado por los hablantes. El uso, la costumbre, hace la norma. Exactamente igual que en las otras facetas de lo humano.
Para tener más claro esto hay que preguntarnos cuál es el cometido principal del lenguaje. Comunicar, concluiremos. Y si para cumplir esta función una comunidad lingüística requiere del uso de palabras como “haiga”, “véngamos”, “gedankenexperiment” o “whatever” ese grupo humano no está haciendo más que lo útil, es decir, utilizar óptimamente las herramientas que conoce para describir su realidad, que es emplear los mismos modos y vocablos que acostumbra su vecino, su interlocutor.
Habrá, entonces, que preguntarnos por qué se intenta escribir poniendo los acentos donde los académicos nos han dicho, por qué muchísima gente evita decir “haiga” y por qué existe esta columna, que se supone que es para aclarar dudas en torno al idioma. Primero, porque a un conjunto amplio de hablantes le han funcionado esas normas; segundo, porque estas costumbres idiomáticas han dado lugar a una expresividad enorme en el español. Esto es, creo, lo que podemos defender mediante el uso de gramáticas, diccionarios de dudas y libros de estilo. Claridad, exactitud y expresión, nada más. Tal es, justamente, la intención de esta columna: proponer algunos usos, algunos modos, que nos permitan abrir más ventanas a la riqueza del idioma, que es nuestro patrimonio humano, a fin de cuentas.